miércoles, 25 de febrero de 2009

¡SE LE METIÓ EL DIABLO, HOY!

“Brutal, insensible, acosador y paranoico”. Así describe Enrique Altamirano un hipotético gobierno del FMLN. Está claro porqué lo hace. Tiene sus inclinaciones y está en su derecho. Nadie las ignora y él no las disimula. Pero no se vale que en sus panfletos difame a un hombre caracterizado por su empatía con los sectores más necesitados y su destacada labor por reencontrar familias separadas durante la guerra. El jesuita Jon de Cortina es recordado gratamente por quienes fueron tocados por su trabajo pastoral y su humanidad. ¡Por favor, Altamirano!

De usted, la gente decente sabe qué esperar. En su periódico muestra a diario sus taras. La intolerancia de la que hace gala lo empuja a insultar y mentir sobre gente e instituciones que no cuadran en sus retorcidos laberintos mentales. Eso hizo con la orden Maryknoll, a la que pertenecían cuatro religiosas violadas y asesinadas el 2 de diciembre de 1980 por guardias nacionales. En junio del 2001 la atacó diciendo que la “fachada” de los “sediciosos sin frontera” en la guerra “fue la de ‘trabajar por los pobres’ (…) A esas personas nunca se les vio laborar en orfelinatos, con familias damnificadas, cavar diques o sembrar junto a campesinos”. La superiora Maryknoll lo exhibió aclarando que trabajaban en Centroamérica desde 1943 y que, entonces, apoyaban la reconstrucción posterremotos.

Prehistórico e histérico, para Altamirano la UCA es uno de sus blancos favoritos. El mentado personaje ha “lucido” su nivel rastrero con epítetos contra sus autoridades y demás. ¿Qué ha logrado? Exhibirse aullando contra una institución comprometida con el pueblo y las víctimas.

Jon no está con nosotros físicamente para defenderse de esas miserias humanas. Otros sí; que lo hagan, si quieren. Pero el jesuita sigue más vivo que nunca en el amor que cultivó entre la población humilde de San José Las Flores y Guarjila, entre muchas generaciones de ingenieros graduados en la UCA, en medio de las familias que juntó tras la guerra y en la gente de bien que lo conoció. Eso no será mancillado por la brutal, insensible y acosadora paranoia del editorialista desquiciado; tampoco su calidad humana y su reconocimiento internacional, que ya quisiera tener Altamirano.

Este escuadronero del papel y la tinta, según él intocable, no se da cuenta de la mala calidad del vidrio de su techo. No le dan su ceguera y estulticia para eso. Como a Pinochet, la riqueza y la soberbia, la bajeza y la impunidad, le castraron la imaginación. Y a las víctimas, la imaginación les sobra. Mejor no abuse del dolor de la gente digna y, sobre todo, de sus referentes de esperanza por la justicia y la dignidad. ¡Es peligroso!