miércoles, 21 de septiembre de 2016
miércoles, 14 de septiembre de 2016
El patriotero
Publicado por: Diario Co Latino, 13 septiembre, 2016 en Opiniones.
José M. Tojeira
El
diccionario define la palabra patriotero como un adjetivo que se le aplica a
quien “alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo”. Esos alardes
exagerados e inoportunos llevan a lo que se suele llamar patrioterismo: la
costumbre de ensalzar la patria, llenando la boca de elogios a la misma sin
preocuparse por el bien común. El vicio patriotero está por supuesto muy
extendido en políticos y funcionarios, mientras las grandes mayorías de
habitantes de El Salvador tienen un grande y sano fervor hacia la tierra en que
nacieron. Estos últimos son patriotas, aman la tierra en que nacieron, la
familia, el barrio, los parientes, los lugares y paisajes bellos de nuestra
tierra. Si se van del país es porque se sienten amenazados, porque no
encuentran oportunidades, porque no pueden desarrollar sus propias capacidades.
Sueñan con una vida mejor para ellos y sus parientes. Incluso en algunos casos
se organizan para colaborar con el bienestar de su municipio invirtiendo en
parques, iglesias, calles, bienes públicos que puedan disfrutar sus parientes y
amigos, además de las casas familiares.
El patriotero es
minoría. Pero una minoría con peso. Con frecuencia asciende a puestos públicos,
lanzando promesas en discursos tan floridos como vacíos de realidad. Habla de
bienestar y desarrollo y pasa indiferente ante el bajo o incluso nulo nivel de
derechos económicos y sociales que sufre nuestra gente. Grita contra el crimen
y las maras, busca manos duras y penas más fuertes y se queda indiferente ante
la pobreza, la desigualdad, el machismo, la violencia intrafamiliar y otras
plagas que son formas de violencia y poderosos inductores de delincuencia. Se
enriquece desde el poder, utilizando de diversos modos recursos estatales. Son
los que acaparan fraudulentamente dinero que se envía para damnificados y los
usan en favor del propio partido. O los que llaman desde un alto cargo
ejecutivo a un alcalde del propio partido para decirle que permita talar
árboles a una constructora de viviendas, aunque eso dañe la cuenca de los ríos
de la zona. Quienes se oponen a una ley que garantice el acceso universal al
agua de todos los salvadoreños, y simultáneamente se niegan a prohibir
legalmente la minería a cielo abierto que tanto daño ha hecho en otros países
pequeños y que tanto puede llegar a amenazar la cuenca del río Lempa. El dinero
es el dios del patriotero, y todas sus acciones, desde los viajes
internacionales hasta los seguros médicos, se van cubriendo con fondos
estatales mientras el pueblo tiene serias deficiencias en sus servicios de
salud.
Por esa misma razón
nuestra gente buena, gente mayoría, tiene serias reservas con la política.
Porque no ve que avance en la construcción del bien común. Porque contempla que
para unos cuantos, con demasiada influencia, la patria no es más que un recurso
para llenarse de dinero los bolsillos. El tema es viejo y el cansancio de la
gente es cada día mayor. Por muchas partes va aflorando ese adorado becerro de
oro que ya Monseñor Romero decía que era la causa principal de la violencia en
El Salvador. Nuestro arzobispo actual, Mons. Escobar, afirma también en su
carta “Veo en la ciudad violencia y discordia”, que la exclusión social y la
idolatría del dinero, junto con el individualismo y la impunidad son las
principales causas de la violencia que hoy sufre El Salvador. Males en buena
parte vinculados también de una forma u otra con la política.
Es evidente que no
todos los políticos son malos ni patrioteros. Pero los infectados con
patrioterismo barato y simultáneamente depredador, son suficientes como para
crear mala fama a algo que es necesario en todo país, y urgente en naciones con
graves problemas como la nuestra: la política enfocada al bien común. Y es que
el patrioterismo no es más que el encubrimiento de diversas enfermedades de la
política que se unen para deformarla y convertirla en una actividad tan
individual como egoísta. Contribuyen a deformar la política los funcionarios
corruptos que solo buscan dinero, y se olvidan de los salarios miserables de la
gente, mientras se oponen a subir el salario mínimo. Les siguen los que tienen
una mentalidad cuadrada, de derechas o de izquierdas, incapaces de ver con
realismo nuestra propia realidad nacional si no pasa por los lentes de su
ideología. Les acompañan los que buscan soluciones fáciles, con capacidad de
llenar noticieros y distraer de los problemas de fondo, más difíciles de
solucionar. Y ponen la guinda en el pastel los mentirosos, que consideran el
engaño como una de las mejores armas de la política, poniendo en práctica
aquello que decía Maquiavelo de que “quien engaña encontrará siempre quien se
deje engañar”.
Celebrar el mes de
la patria, de la independencia, no puede ser un festival de tambores y ruido,
desfiles y palillonas, frases bonitas, colores y exhibición de armas de guerra.
Es un mes que debe utilizarse para contemplar nuestra realidad, evaluarla, y definir
caminos de desarrollo social y convivencia pacífica. Los desfiles y la bulla
terminan pronto. Y al final no queda más que esperar al año siguiente para
volver a repetir, en el mejor de los casos, frases poéticas como las de la Marcha Triunfal de
Rubén Darío. Y decimos en el mejor de los casos, porque la generalidad de los
discursos ni tiene un contenido decente ni pasa un examen de literatura. Mentir
gritando nunca ha sido la mejor de las costumbres ciudadanas y sólo ha
conseguido pasar a la historia del ridículo. Necesitamos que el patriotismo de
la mayoría de nuestra gente se centre en exigencias sociales, económicas y
culturales, se eleve sobre la cháchara dominante de la política y fuerce a los
políticos a reconocer sus responsabilidades en la construcción de un orden más
justo, más equitativo y más pacífico. Si el quince de Septiembre nos ayudara a
poner en evidencia a los políticos patrioteros, avanzaríamos mucho más
fácilmente hacia el desarrollo que necesitamos.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Crímenes graves y perdón
José María Tojeira, director del IDHUCA
A raíz de la sentencia de inconstitucionalidad de la ley de
amnistía, y con la detención y posterior liberación de algunos de los autores
materiales de la masacre en la UCA ,
algunas personas han hablado de la necesidad de perdonar. Lo triste es que
varias de ellas, incluidos algunos representantes del partido en el Gobierno,
han mencionado el tema de un modo, cuando menos, confuso y poco claro. En la
mentalidad de algunos se mezcla indebidamente el perdón cristiano de los
pecados y el perdón legal de los delitos. Dos cosas diferentes que merece la
pena explicar. Otros insisten en que la justicia abre heridas y que, por tanto,
es mejor perdonar y olvidar. Y no faltan quienes creen que el perdón de las
víctimas se consigue dándoles regalos o donaciones económicas.
Sobre el perdón cristiano hay que decir que es una exigencia clave
para todo el que crea de verdad en la doctrina y vida de Jesucristo. El perdón
cristiano debe darse desde el primer momento, aunque cueste. De entrada,
consiste en no querer para el ofensor ningún mal, mucho menos el mismo que él
ocasionó. Un cristiano debe rezar por quienes le persiguen u ofenden. Pero todo
ello no significa que el perdón sea ajeno a la verdad y a la justicia. Perdonar
no es cerrar los ojos, olvidar o volverse indiferente ante el mal realizado. Al
contrario, es comprometerse a no seguir la senda o el ejemplo del malhechor. Si
el que comete el delito mata, el cristiano no cree en el ojo por ojo y diente
por diente. Porque ese estilo coloca a la víctima al mismo nivel del verdugo.
Si el asesino recurre a la brutalidad de matar, el cristiano no se puede
identificar con él buscando matarle –ilegal o legalmente donde haya pena de
muerte–. Pero evidentemente debe exigir justicia, pues esta no está reñida con
el perdón. Más bien es un elemento fundamental, como la verdad, para evitar la
repetición del crimen y para el bien de la comunidad. Y precisamente porque la
justicia es para el bien de la comunidad, no se deja en manos del ofendido,
sino en manos de instituciones estatales sometidas a reglas. Si es cristiano,
el ofendido debe perdonar. Pero la justicia debe actuar.
Si todo dependiera del perdón personal, sobraría la justicia. Los
asesinos podrían seguir matando, confiados en el perdón de las personas. Y
muchos serían obligados a perdonar por miedo, o se verían obligados a la
legítima defensa mediante la fuerza bruta, identificándose así, de cierta
manera, con el asesino. Hay que señalar que en el Caso Jesuitas, y eso aparece
en los periódicos de la época, desde el primer momento sus compañeros dijeron
que perdonaban a los asesinos. Era el perdón cristiano. Y por eso, en la rueda
de prensa del mismo día en que se cometieron los asesinatos, dijeron: “Queremos
justicia y no venganza”. Eso era importante afirmarlo en un tiempo de guerra
civil donde algunos grupos podían sentirse empujados a la venganza. Máxime
cuando el propio Estado, en vez de investigar a los sospechosos evidentes, que
eran militares, se dedicó durante dos meses a echarle la culpa a la guerrilla.
Posteriormente, ya condenados dos de los nueve acusados por el delito, y como
símbolo del deseo de reconciliación, los jesuitas pidieron el indulto para
ellos en una carta a la Asamblea Legislativa. La respuesta de los
diputados de Arena fue diversa. Unos dijeron que solo los afectados o los
salvadoreños podían pedir indulto, que los jesuitas no podían por ser
extranjeros, como si los jesuitas no hubiéramos sido afectados por el crimen. Y
otros dijeron que la petición de indulto era un “show”, porque también se
exigía que se siguiera la investigación a los autores intelectuales del
asesinato. Simultáneamente se envió una carta al presidente Cristiani,
invitándole a unirse a la solicitud de indulto para los dos condenados.
Hoy se sigue insistiendo en que los jesuitas perdonen, sin que los
victimarios pidan perdón y sin que colaboren con la verdad. Pero es evidente
que quienes eso dicen no les interesa el perdón cristiano, sino única y
fundamentalmente el perdón legal. Porque no es lo mismo perdón cristiano que
perdón legal. Si hoy alguien dijera a los que sufren asesinatos que perdonen
legalmente a los asesinos, sería posible incluso que se le acusara de apología
del terrorismo. El perdón legal le compete al Estado, no a los individuos
afectados. Y ya la Sala
de lo Constitucional ha invitado a recorrer el camino de la justicia
transicional, el mismo que han seguido otros países después de guerras civiles.
Los mismos jesuitas han insistido en la justicia transicional como camino de
reconciliación más efectivo, al buscar en ella, simultáneamente, verdad,
justicia, reparación para las víctimas y medidas de perdón de las penas
temporales (cárcel). Poca gente, lamentablemente, ha impulsado el camino de la
justicia transicional, siendo como es el más indicado para lograr una reconciliación
duradera. El mundo del derecho y del pensamiento jurídico, así como los
legisladores, tienen aquí un importante desafío, que no solo contribuirá al
bien del país, sino a la mejora de la profesión del abogado.
Cuando los abogados presentan a los victimarios como víctimas, y a
las víctimas como victimarios que odian y no quieren perdonar, están
traicionando su profesión. Están mintiendo. Y que un abogado mienta es
definitivamente una traición al pensamiento jurídico y a la práctica
profesional. Y vuelven a mentir cuando animan a los parientes de los
victimarios a pedir que las víctimas perdonen. Porque saben de sobra que a
quien le toca perdonar es al Estado. Y saben que el tipo de perdón que llamamos
amnistía ha sido declarado inconstitucional. Trasladar las funciones estatales
a las víctimas es un claro acto de irresponsabilidad legal y, por supuesto, una
falta a la ética profesional. Por desgracia, los colegios de abogados, en su
mayoría, no tienen normas de ética profesional ni capacidad de impedir el
ejercicio profesional por faltas a la ética. Aunque hay abogados probos,
honrados y profesionales, no hay duda de que también existe en la profesión un
buen número de los que podríamos llamar abogados-sanguijuela, o lo que en otros
tiempos y en otros países llamaban abogansters del dólar. Personas que con
frecuencia se instalan en las estructuras legislativas o judiciales del Estado.
Pensar las cosas, buscar justicia, no oponerse a la
verdad son necesidades para todos, especialmente para el mundo del derecho, en
tantos aspectos muy corrompidos, como nos lo están mostrando situaciones
recientes de todo tipo. Corrupción que va desde el prevaricato, el fraude
judicial y la falsedad ideológica (o mentira consciente) hasta frases como las
de una jueza que decía que algunos salvadoreños solo se podrán rehabilitar en
la tumba. Con seguridad esta jueza desconoce el artículo 27 de la Constitución , que da
a los centros penales la tarea de “readaptación” del delincuente para así lograr
“la prevención de los delitos”.
Crímenes graves y perdón
José María Tojeira, director del IDHUCA
01/09/2016
Sobre el perdón cristiano hay que decir que es una exigencia clave
para todo el que crea de verdad en la doctrina y vida de Jesucristo. El perdón
cristiano debe darse desde el primer momento, aunque cueste. De entrada,
consiste en no querer para el ofensor ningún mal, mucho menos el mismo que él
ocasionó. Un cristiano debe rezar por quienes le persiguen u ofenden. Pero todo
ello no significa que el perdón sea ajeno a la verdad y a la justicia. Perdonar
no es cerrar los ojos, olvidar o volverse indiferente ante el mal realizado. Al
contrario, es comprometerse a no seguir la senda o el ejemplo del malhechor. Si
el que comete el delito mata, el cristiano no cree en el ojo por ojo y diente
por diente. Porque ese estilo coloca a la víctima al mismo nivel del verdugo.
Si el asesino recurre a la brutalidad de matar, el cristiano no se puede
identificar con él buscando matarle –ilegal o legalmente donde haya pena de
muerte–. Pero evidentemente debe exigir justicia, pues esta no está reñida con
el perdón. Más bien es un elemento fundamental, como la verdad, para evitar la
repetición del crimen y para el bien de la comunidad. Y precisamente porque la
justicia es para el bien de la comunidad, no se deja en manos del ofendido,
sino en manos de instituciones estatales sometidas a reglas. Si es cristiano,
el ofendido debe perdonar. Pero la justicia debe actuar.
Si todo dependiera del perdón personal, sobraría la justicia. Los
asesinos podrían seguir matando, confiados en el perdón de las personas. Y
muchos serían obligados a perdonar por miedo, o se verían obligados a la
legítima defensa mediante la fuerza bruta, identificándose así, de cierta
manera, con el asesino. Hay que señalar que en el Caso Jesuitas, y eso aparece
en los periódicos de la época, desde el primer momento sus compañeros dijeron
que perdonaban a los asesinos. Era el perdón cristiano. Y por eso, en la rueda
de prensa del mismo día en que se cometieron los asesinatos, dijeron: “Queremos
justicia y no venganza”. Eso era importante afirmarlo en un tiempo de guerra
civil donde algunos grupos podían sentirse empujados a la venganza. Máxime
cuando el propio Estado, en vez de investigar a los sospechosos evidentes, que
eran militares, se dedicó durante dos meses a echarle la culpa a la guerrilla.
Posteriormente, ya condenados dos de los nueve acusados por el delito, y como
símbolo del deseo de reconciliación, los jesuitas pidieron el indulto para
ellos en una carta a la Asamblea Legislativa. La respuesta de los
diputados de Arena fue diversa. Unos dijeron que solo los afectados o los
salvadoreños podían pedir indulto, que los jesuitas no podían por ser
extranjeros, como si los jesuitas no hubiéramos sido afectados por el crimen. Y
otros dijeron que la petición de indulto era un “show”, porque también se
exigía que se siguiera la investigación a los autores intelectuales del
asesinato. Simultáneamente se envió una carta al presidente Cristiani,
invitándole a unirse a la solicitud de indulto para los dos condenados.
Hoy se sigue insistiendo en que los jesuitas perdonen, sin que los
victimarios pidan perdón y sin que colaboren con la verdad. Pero es evidente
que quienes eso dicen no les interesa el perdón cristiano, sino única y
fundamentalmente el perdón legal. Porque no es lo mismo perdón cristiano que
perdón legal. Si hoy alguien dijera a los que sufren asesinatos que perdonen
legalmente a los asesinos, sería posible incluso que se le acusara de apología
del terrorismo. El perdón legal le compete al Estado, no a los individuos
afectados. Y ya la Sala
de lo Constitucional ha invitado a recorrer el camino de la justicia
transicional, el mismo que han seguido otros países después de guerras civiles.
Los mismos jesuitas han insistido en la justicia transicional como camino de
reconciliación más efectivo, al buscar en ella, simultáneamente, verdad,
justicia, reparación para las víctimas y medidas de perdón de las penas
temporales (cárcel). Poca gente, lamentablemente, ha impulsado el camino de la
justicia transicional, siendo como es el más indicado para lograr una reconciliación
duradera. El mundo del derecho y del pensamiento jurídico, así como los
legisladores, tienen aquí un importante desafío, que no solo contribuirá al
bien del país, sino a la mejora de la profesión del abogado.
Cuando los abogados presentan a los victimarios como víctimas, y a
las víctimas como victimarios que odian y no quieren perdonar, están
traicionando su profesión. Están mintiendo. Y que un abogado mienta es
definitivamente una traición al pensamiento jurídico y a la práctica
profesional. Y vuelven a mentir cuando animan a los parientes de los
victimarios a pedir que las víctimas perdonen. Porquesaben de sobra que a
quien le toca perdonar es al Estado. Y saben que el tipo de perdón que llamamos
amnistía ha sido declarado inconstitucional. Trasladar las funciones estatales
a las víctimas es un claro acto de irresponsabilidad legal y, por supuesto, una
falta a la ética profesional. Por desgracia, los colegios de abogados, en su
mayoría, no tienen normas de ética profesional ni capacidad de impedir el
ejercicio profesional por faltas a la ética. Aunque hay abogados probos,
honrados y profesionales, no hay duda de que también existe en la profesión un
buen número de los que podríamos llamar abogados-sanguijuela, o lo que en otros
tiempos y en otros países llamaban abogansters del dólar. Personas que con
frecuencia se instalan en las estructuras legislativas o judiciales del Estado.
Pensar las cosas, buscar justicia, no oponerse a la verdad son
necesidades para todos, especialmente para el mundo del derecho, en tantos
aspectos muy corrompidos, como nos lo están mostrando situaciones recientes de
todo tipo. Corrupción que va desde el prevaricato, el fraude judicial y la
falsedad ideológica (o mentira consciente) hasta frases como las de una jueza
que decía que algunos salvadoreños solo se podrán rehabilitar en la tumba. Con
seguridad esta jueza desconoce el artículo 27 de la Constitución , que da
a los centros penales la tarea de “readaptación” del delincuente para así lograr
“la prevención de los delitos”.
Crímenes graves y
perdón
José María Tojeira, director del Idhuca
01/09/2016
A raíz de la sentencia de inconstitucionalidad de la ley de amnistía y con la detención y posterior liberación de algunos de los
autores materiales de la masacre en la
UCA , algunas personas han hablado de la necesidad de
perdonar. Lo triste es que varias de ellas, incluidos algunos representantes
del partido en el Gobierno, han mencionado el tema de un modo, cuando menos,
confuso y poco claro. En la mentalidad de algunos se mezcla indebidamente el
perdón cristiano de los pecados y el perdón legal de los delitos. Dos cosas
diferentes que merece la pena explicar. Otros insisten en que la justicia abre
heridas y que, por tanto, es mejor perdonar y olvidar. Y no faltan quienes
creen que el perdón de las víctimas se consigue dándoles regalos o donaciones
económicas.
Sobre el perdón cristiano
hay que decir que es una exigencia clave para todo el que crea de verdad en la
doctrina y vida de Jesucristo. El perdón cristiano debe darse desde el primer
momento, aunque cueste. De entrada, consiste en no querer para el ofensor
ningún mal, mucho menos el mismo que él ocasionó. Un cristiano debe rezar por
quienes le persiguen u ofenden. Pero todo ello no significa que el perdón sea
ajeno a la verdad y a la justicia. Perdonar no es cerrar los ojos, olvidar o
volverse indiferente ante el mal realizado. Al contrario, es comprometerse a no
seguir la senda o el ejemplo del malhechor. Si el que comete el delito mata, el
cristiano no cree en el ojo por ojo y diente por diente. Porque ese estilo
coloca a la víctima al mismo nivel del verdugo. Si el asesino recurre a la
brutalidad de matar, el cristiano no se puede identificar con él buscando
matarle –ilegal o legalmente donde haya pena de muerte–. Pero evidentemente
debe exigir justicia, pues esta no está reñida con el perdón. Más bien es un
elemento fundamental, como la verdad, para evitar la repetición del crimen y
para el bien de la comunidad. Y precisamente porque la justicia es para el bien
de la comunidad, no se deja en manos del ofendido, sino en manos de
instituciones estatales sometidas a reglas. Si es cristiano, el ofendido debe
perdonar. Pero la justicia debe actuar.
Si todo dependiera del
perdón personal, sobraría la justicia. Los asesinos podrían seguir matando,
confiados en el perdón de las personas. Y muchos serían obligados a perdonar
por miedo, o se verían obligados a la legítima defensa mediante la fuerza
bruta, identificándose así, de cierta manera, con el asesino. Hay que señalar
que en el Caso Jesuitas, y eso aparece en los periódicos de la época, desde el
primer momento sus compañeros dijeron que perdonaban a los asesinos. Era el
perdón cristiano. Y por eso, en la rueda de prensa del mismo día en que se
cometieron los asesinatos, dijeron: “Queremos justicia y no venganza”. Eso era
importante afirmarlo en un tiempo de guerra civil donde algunos grupos podían
sentirse empujados a la venganza. Máxime cuando el propio Estado, en vez de
investigar a los sospechosos evidentes, que eran militares, se dedicó durante
dos meses a echarle la culpa a la guerrilla. Posteriormente, ya condenados dos
de los nueve acusados por el delito, y como símbolo del deseo de
reconciliación, los jesuitas pidieron el indulto para ellos en una carta a la Asamblea Legislativa.
La respuesta de los diputados de Arena fue diversa. Unos dijeron que solo los
afectados o los salvadoreños podían pedir indulto, que los jesuitas no podían
por ser extranjeros, como si los jesuitas no hubiéramos sido afectados por el
crimen. Y otros dijeron que la petición de indulto era un “show”, porque
también se exigía que se siguiera la investigación a los autores intelectuales
del asesinato. Simultáneamente se envió una carta al presidente Cristiani,
invitándole a unirse a la solicitud de indulto para los dos condenados.
Hoy se sigue insistiendo
en que los jesuitas perdonen, sin que los victimarios pidan perdón y sin que
colaboren con la verdad. Pero es evidente que quienes eso dicen no les interesa
el perdón cristiano, sino única y fundamentalmente el perdón legal. Porque no
es lo mismo perdón cristiano que perdón legal. Si hoy alguien dijera a los que
sufren asesinatos que perdonen legalmente a los asesinos, sería posible incluso
que se le acusara de apología del terrorismo. El perdón legal le compete al
Estado, no a los individuos afectados. Y ya la Sala de lo Constitucional ha invitado a recorrer
el camino de la justicia transicional, el mismo que han seguido otros países
después de guerras civiles. Los mismos jesuitas han insistido en la justicia
transicional como camino de reconciliación más efectivo, al buscar en ella,
simultáneamente, verdad, justicia, reparación para las víctimas y medidas de
perdón de las penas temporales (cárcel). Poca gente, lamentablemente, ha
impulsado el camino de la justicia transicional, siendo como es el más indicado
para lograr una reconciliación duradera. El mundo del derecho y del pensamiento
jurídico, así como los legisladores, tienen aquí un importante desafío, que no
solo contribuirá al bien del país, sino a la mejora de la profesión del
abogado.
Cuando los abogados
presentan a los victimarios como víctimas, y a las víctimas como victimarios
que odian y no quieren perdonar, están traicionando su profesión. Están
mintiendo. Y que un abogado mienta es definitivamente una traición al
pensamiento jurídico y a la práctica profesional. Y vuelven a mentir cuando
animan a los parientes de los victimarios a pedir que las víctimas perdonen.
Porque saben de sobra que a quien le toca perdonar es al Estado. Y saben que el
tipo de perdón que llamamos amnistía ha sido declarado inconstitucional.
Trasladar las funciones estatales a las víctimas es un claro acto de
irresponsabilidad legal y, por supuesto, una falta a la ética profesional. Por
desgracia, los colegios de abogados, en su mayoría, no tienen normas de ética
profesional ni capacidad de impedir el ejercicio profesional por faltas a la
ética. Aunque hay abogados probos, honrados y profesionales, no hay duda de que
también existe en la profesión un buen número de los que podríamos llamar
abogados-sanguijuela, o lo que en otros tiempos y en otros países llamaban
abogansters del dólar. Personas que con frecuencia se instalan en las
estructuras legislativas o judiciales del Estado.
Pensar las cosas, buscar
justicia, no oponerse a la verdad son necesidades para todos, especialmente
para el mundo del derecho, en tantos aspectos muy corrompidos, como nos lo
están mostrando situaciones recientes de todo tipo. Corrupción que va desde el
prevaricato, el fraude judicial y la falsedad ideológica (o mentira consciente)
hasta frases como las de una jueza que decía que algunos salvadoreños solo se
podrán rehabilitar en la tumba. Con seguridad esta jueza desconoce el artículo
27 de la Constitución ,
que da a los centros penales la tarea de “readaptación” del delincuente para
así lograr “la prevención de los delitos”.
jueves, 25 de agosto de 2016
Una psicología al servicio
de las comunidades
Acompañamiento
psicosocial a personas en situación de peligro inminente.
Por: Lic. German Horacio Cerros Echeverría
Psicólogo del Equipo de
Justicia del IDHUCA
Antes de hablar sobre cómo ha sido el trabajo psicosocial con las personas
víctimas de la violencia generalizada en nuestro país, quisiera recordar unas
palabras dichas por Ignacio Martín Baró, psicólogo y sacerdote jesuita español
que dedicó la mayor parte de su vida a la investigación de la difícil realidad
social y política de El Salvador, quien es ahora para mí, una inspiración en
este arduo trabajo.
"El saber psicológico debe ponerse al
servicio de una sociedad donde el bienestar de los menos no se asiente sobre el
malestar de los más, donde la realización de los unos no requiera la negación
de los otros, donde el interés de los pocos no exija la deshumanización"
(Valladolid, 7 de noviembre de 1942 –
San Salvador, 16 de noviembre de 1989)
Actualmente nuestro país atraviesa una situación de violencia generalizada
que se ha desbordado; las autoridades del Estado se muestran incapaces de
controlar los altos índices de inseguridad en el país, a la vez de ser
ineficientes al tratar de brindar alternativas de protección y resguardo a
personas en situación de peligro inminente.
La sociedad civil se muestra poco activa ante esta situación y son muy
pocas las organizaciones o instituciones defensoras de derechos humanos que
brindan ayuda a las personas o comunidades en riesgo.
Personas, grupos familiares y comunidades enteras se encuentran en una
situación de alta peligrosidad a tal punto de tomar la decisión de desplazarse,
ya sea de forma interna o fuera del país con tal de preservar la vida y la
integridad de cada uno de los familiares, o en el peor de los casos tomar la
decisión de confinarse totalmente en sus casas para no ser vistos por los
grupos de pandillas o grupos de seguridad violentadores de derechos humanos,
tomando estas decisiones de forma forzada para mantenerse con vida.
Ante esta situación, el IDHUCA y distintas organizaciones de la sociedad
civil están trabajando diferentes casos de familias que se encuentran en
situación de peligro inminente, dando una respuesta o alternativa a los grupos
familiares ante la inactividad del Estado, quien hasta la fecha no ha
garantizado la protección y defensa de los derechos humanos de estas personas
en situación de riesgo y mucho menos ha aceptado de forma pública y ante
autoridades internacionales que se encuentra en un estado de emergencia, en
donde las personas han dejado de migrar por cuestiones económicas, sino que se desplazan a diferentes regiones para huir de
la violencia generalizada. Estos casos se han trabajado desde un enfoque de
derechos humanos, jurídico y psicosocial, haciendo un gran esfuerzo por
abordarlos desde una perspectiva multidisciplinar y así brindar una alternativa
a estas familias para la resolución de su problemática; es por ello que como
equipo de psicología compartimos cómo ha sido la experiencia en el trabajo
psicosocial con estas personas que se encuentran en situación de riesgo.
PERSPECTIVA
PSICOSOCIAL
Situación de
desplazamiento y confinamiento en El Salvador
Cuando hablamos de desplazamiento o confinamiento nos referimos también a
una situación de riesgo inminente por la que están pasando diferentes personas
y sus grupos familiares; en la cual las familias se ven obligadas a desplazarse
ya sea internamente o fuera del país, como también el de mantenerse confinados
en sus viviendas, con la finalidad de seguir vivos un día más; todo esto a
causa del ambiente de inseguridad que se vive en las comunidades, provocado por
los grupos de pandillas, así como también por los grupos de seguridad que
abusan de su autoridad; a la fecha se han recibido alrededor de 47 casos en lo
que va del año 2016 en la institución.
En el trabajo con las víctimas hemos encontrado diferentes sistemas
familiares en total vulneración, los cuales se han desplazado no sólo una vez,
sino un sinnúmero de veces con tal de estar a salvo y manteniendo con vida a
sus familiares, en algunas ocasiones optan por desintegrar el grupo familiar
para resguardar a unos y unas aunque eso signifique poner en riesgo a los y las
que se quedan viviendo en en sus comunidades.
Víctimas y
victimarios
Las características de las víctimas en situación de peligro inminente
(población atendida) pueden variar desde una persona, uno o varios sistemas
familiares o hasta una comunidad entera; todas ellas obligadas a dejar su lugar
de origen o lugar de arraigo, así como también mantenerse en total
confinamiento por las amenazas de grupos de pandillas (pandilla 18, MS y sus
diferentes denominaciones)o hasta de los abusos de autoridad realizados por
cuerpos de seguridad (PNC, FAES, o grupos de exterminio) ante las nuevas
estrategias de seguridad contra el crimen organizado. Sea cual sea el tipo de
población o su ubicación geográfica dentro del país, es una realidad que la
decisión de desplazarse es obligada y se elige para resguardar la vida de todo
el grupo familiar. Además de constituir un hecho violento y traumatizante en sí
mismo, al desplazamiento se va sumando una larga cadena de violaciones a sus
derechos humanos, muy pocas veces puede planearse y en la mayoría de los casos
la huida es repentina, apenas llevando consigo lo que se tiene a la mano.
Estado psicosocial
de las personas atendidas
Dentro de los casos que se han atendido hemos encontrado las siguientes
características en los diferentes grupos familiares, las cuales son:
● Desconfianza para verbalizar la situación en la
que se encuentran ya que han sido amenazados o amenazadas por grupos de
pandillas o son los mismos cuerpos de seguridad quienes han violentado sus
derechos.
● Desconfianza en el accionar de las
instituciones del Estado ya que no se les ha proporcionado alternativas reales
y seguras para la situación en la que se encuentran.
● Personas a quienes se les ha lastimado sus
expectativas de seguridad ya que vienen de rebotar de institución en
institución solicitando ayuda y sin ninguna alternativa de solución.
● Desconfianza al verbalizar sus testimonios de
vida en totalidad (línea de tiempo de los hechos) ya que saben que hasta las
diferentes instituciones del Estado llega el brazo del crimen organizado.
● Personas con testimonios o historias de vida
con hechos desorganizados u olvidados ya que una de las características del
trauma es la desorientación y uno de los mecanismos de defensa de los seres
humanos ante hechos traumáticos de violencia es el olvido.
● Estados de alerta constantes.
● Estados de crisis emocionales.
● Depresión.
● Profunda tristeza o llanto ante lo ocurrido.
● Somatización.
● Heridas psicosociales que se experimentan en
colectivo, no solamente como ser individual.
● Dolor por la desintegración del grupo familiar
por diferentes causas:
o Asesinato de uno o más familiares.
o Desapariciones de uno o más integrantes de la
familia.
o Reclutamiento forzado dirigido hacia uno o más
familiares.
o Desplazamiento de los y las mismas.
● Desorganización en el sistema familiar ya que
al faltar un integrante (especialmente si es la figura paterna o materna) se
redirige la energía emocional del mismo hacia otro integrante de la familia,
permitiendo la desorganización sistémica o parentificación; todo esto como
mecanismo de auto sanación del sistema familiar ante la pérdida del ser
querido.
● Personas con procesos de duelos no resueltos,
especialmente en los casos de desapariciones o asesinatos brutales de uno o más
familiares.
● Sistemas familiares en total vulneración.
● Miedo constante por diferentes motivos:
o Residen en comunidades consideradas de alta
peligrosidad.
o Están siendo amenazados de muerte por grupos de
pandillas, han sido amenazados para abandonar su comunidad o están siendo reclutados forzadamente por estos grupos.
o Extorsiones al sistema familiar.
o Agresiones sexuales a uno o más de los y las
integrantes
de la familia.
● Personas o familias con un tejido social
desfragmentado.
● Para muchas de estas personas la vida se interrumpió.
● Proyectos de vida truncados.
● Dolor ante el desarraigo o abandono de sus
viviendas, de su comunidad, de sus centros de estudio y de la tierra que los
vio nacer.
● Entre otras.
NOTA: Es importante mencionar que estas características presentes en las
personas atendidas son la respuesta más normal expresada en las personas ante
hechos anormales de violencia.
Acompañamiento
psicosocial
El proceso de acompañamiento psicosocial brindado a personas en situación
de peligro inminente se ha visto como un proceso de acompañamiento personal y
familiar, que busca restablecer la integridad emocional de las personas, así
como de sus redes familiares, ya que estas han vivido un gran sufrimiento
emocional y su tejido familiar y social se encuentra vulnerable, debido al
impacto de los hechos violentos experimentados a causa de la violencia
generalizada.
Este acompañamiento se ha realizado de dos formas que son:
Atención individual: En la cual se les ha brindado un apoyo a las personas, permitiendo espacios
de expresión y reconocimiento del impacto emocional que los hechos violentos
les han ocasionado, así como el apoyo terapéutico para disminuir el sufrimiento
emocional, la reconstrucción de los lazos sociales y el desarrollo de las
potencialidades individuales que permiten el restablecimiento de la integridad
de las personas y el desarrollo de un proyecto de vida sostenible. Se ha
encargado de identificar de forma particular la afectación psicosocial en cada
integrante de la familia, ya que cada persona vive de forma singular la
experiencia traumática.
Atención Colectiva: Dando apoyo psicosocial que propicie la recuperación y restablecimiento de
los daños sociales, culturales, psíquicos y especialmente los familiares; es un
acompañamiento encaminado a la afirmación de las personas como sujetos de su
propia historia, y a la reconstrucción del tejido social familiar. En este
proceso nos hemos encargado de trabajar de forma colectiva con el sistema
familiar, ya que la afectación psicológica o herida psicosocial se ve presente
en la estructura y funcionamiento del sistema familiar, para así reestablecer
las interacciones o relaciones del mismo.
Trabajo
psicosocial con víctimas
El trabajo psicosocial tiene como objetivo principal “brindar un
acompañamiento psicosocial orientado al manejo de las secuelas psicosociales
producto de situaciones traumáticas de desplazamiento y confinamiento forzado,
dirigido a personas en situación de peligro inminente.
Dentro del trabajo psicosocial se han realizado diferentes actividades,
estas han sido las siguientes
Actividades diagnósticas: Han permitido identificar la afectación psicosocial presente en cada uno
de los integrantes de la familia como en el colectivo familiar; cada persona
vive y experimenta de forma particular el hecho traumático, así como también el
colectivo familiar expresa su dolor como un solo organismo.
Actividades
psicoterapéuticas: En las cuales se ha ejecutado un proceso
terapéutico idóneo para el abordaje individual y colectivo con diferentes
enfoques de atención de acuerdo a la afectación o herida psicosocial, así como
trabajar de forma individual en los casos que sea necesario y pertinente una
intervención, pero en su mayoría el enfoque está orientado en el trabajo
colectivo familiar y sistémico. En estas actividades se ha trabajado hasta la
fecha temas como: El trauma psicosocial individual y colectivo presentes en el
sistema familiar, el proceso de duelo no resuelto, la reestructuración
funcional del sistema familiar, recursos personales y familiares, proyecto de
vida y proyecto de sanación, con el fin de reestablecer en alguna medida la
vida misma de las personas.
Actividades humanitarias: Realizando todas aquellas acciones que tengan como finalidad asistir las
necesidades básicas de la población atendida, tales como: alimentación,
vestuario, salud, etc., ya que al suplir estas necesidades será más factible el
trabajo psicosocial.
Valoración
psicosocial
El desplazamiento y confinamiento forzado hasta la fecha, no sólo ha sido
un tema que nos recuerde la situación de peligro inminente en que vivimos cada
uno de los y las salvadoreñas; también ha sido la única alternativa de vida
para los sistemas familiares que están siendo amenazados constantemente ya sea
por grupos de pandillas o los mismos cuerpos de seguridad violentadores de
derechos humanos. El acompañamiento psicosocial ha sido más que un trabajo
exhaustivo, una labor humanitaria por las familias que se encuentran en
situación de peligro inminente, atendiendo de esta forma las diferentes
necesidades emocionales y de seguridad de las personas, especialmente las
asociadas a la situación traumática que como grupo familiar han experimentado.
Es importante que al atender estos casos, recordemos el papel fundamental
de los vínculos familiares para poder trabajar en la sanación de los mismos, ya
que son estos vínculos los que han sido lastimados y son los que nos permitirán
identificar los recursos familiares y personales para estabilizar en alguna
medida a las familias. Las heridas psicosociales son muy profundas y deben de
ser tratadas con mucha confidencialidad y honestidad, ya que estas personas
depositan en el equipo de trabajo sus esperanzas para poder salir del país y
mantenerse con vida.
Atención individual: En la cual se les ha brindado un apoyo a las personas, permitiendo espacios de expresión y reconocimiento del impacto emocional que los hechos violentos les han ocasionado, así como el apoyo terapéutico para disminuir el sufrimiento emocional, la reconstrucción de los lazos sociales y el desarrollo de las potencialidades individuales que permiten el restablecimiento de la integridad de las personas y el desarrollo de un proyecto de vida sostenible. Se ha encargado de identificar de forma particular la afectación psicosocial en cada integrante de la familia, ya que cada persona vive de forma singular la experiencia traumática.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Verdad, justicia, reparación y perdón
Verdad, justicia, reparación y perdón
Publicado Diario CoLatino, 23 agosto, 2016 en la sección Opiniones.
José
M. Tojeira
En aquellos tiempos duros de la guerra civil, el mismo día del
asesinato de los jesuitas y sus dos amigas y empleadas, los jesuita dijimos que
queríamos justicia, no venganza. Pocos meses después, con el juicio iniciado
contra los autores materiales del crimen, el P. Francisco Estrada, recién
nombrado Rector de la UCA ,
decía que deseábamos Verdad, Justicia y Perdón. Ese lema, mantenido durante el
aproximadamente año y medio que duró el juicio (hasta el veredicto del jurado),
lo adoptamos muchos para todos los crímenes de El Salvador. En base a este lema
pedimos el indulto para el coronel Benavides y para el teniente Mendoza porque
creíamos que en su caso se había hecho verdad y justicia, y llegaba la hora del
perdón. Incluso con los soldados absueltos, que habían pasado año y medio
detenidos, nos parecía que se había hecho verdad en la posición del juez Zamora
en la vista pública, y aunque el jurado de un modo inexplicable había optado
por declararlos inocentes, dijimos que contra ellos no seguiríamos ningún
proceso porque al menos se había hecho verdad.
Posteriormente
añadimos un matiz importante: Manteniendo el afán de Verdad le agregábamos
entre las palabras Justicia y Perdón la palabra Reparación. Si bien a los
jesuitas, y en grado mayor a Mons. Romero, el mismo pueblo salvadoreño,
grandemente representado, había aportado elementos impresionantes de reparación
con su afecto y solidaridad, quedaban demasiadas víctimas olvidadas e incluso
negadas, a las que había que dar debida reparación de parte del Estado, sin
olvidar la justicia y los demás elementos mencionados. La Tutela Legal del
Arzobispado, Con María Julia Hernández y con Mons. Rivera, jugaron en este
campo un papel fundamental recordándonos las masacres y actualizándolas en la
memoria y en la sed de verdad, justicia y reparación, para poder optar desde
ahí a una verdadera reconciliación, que siempre se manifiesta a través del
perdón.
Este
ideal, que debe mover inteligencia y corazones después de toda guerra civil y
de la nuestra en particular, quedó así formulado someramente con las cuatro
palabras clave: Verdad, Justicia, Reparación y Perdón. Impedido por la ley de
amnistía de 1993, este ideal quedó solamente en el discurso de quienes nos
oponíamos a dicha ley y quienes confiábamos en un proceso que recogiera los
cuatro elementos. A mediados de la década iniciada en 1990, después del triunfo
electoral de Nelson Mandela en Sudáfrica (1994), se abrió para muchos de nosotros
el modelo de la justicia transicional. La UCA comenzó unos años después un proceso de
justicia restaurativa en el que jueces internacionales escuchaban a las
víctimas de diversos y graves abusos y violaciones de Derechos Humanos. A
quienes acudimos a estos juicios nos impresionó siempre la capacidad de perdón
de muchas víctimas, que ponían como única condición para la reconciliación el
establecer una especie de diálogo con los victimarios y el subsiguiente
reconocimiento y petición de perdón de parte de los que podríamos llamar
verdugos. Hoy la declaración de inconstitucionalidad de la ley de amnistía hace
aproximadamente un mes nos abre el camino hacia una ley de reconciliación que
contemple los cuatro elementos mencionados.
Lamentablemente
hemos perdido algo de tiempo en las discusiones sobre la extradición de los
exmiembros del ejército capturados en virtud de la difusión roja de Interpol.
Lo cierto es que continúan vivos muchos de los que participaron en graves
violaciones de derechos humanos, tipificadas muchas de ellas como delitos de
lesa humanidad en el pensamiento jurídico internacional. Y quedan demasiadas
víctimas del conflicto que esperan todavía verdad, justicia y reparación. Si
algo urge hoy es avanzar hacia una reconciliación que quedó profundamente
interrumpida por la ley de amnistía. Para ello urge trabajar una ley de
reconciliación referida exclusivamente a los delitos cometidos durante la
guerra civil que facilite el acceso a la verdad, que determine la creación de
una forma temporal y especial de justicia, que disponga formas de reparación de
las víctimas y que facilite formas de indulto a los acusados que, comprobados
sus delitos, colaboren con la verdad, contribuyan de alguna manera a la
reparación y soliciten el perdón a las víctimas.
La Sala de lo Constitucional,
en su espléndida sentencia de inconstitucionalidad de la ley de amnistía,
recomienda a la
Asamblea Legislativa que trabaje el tema de la justicia
transicional. También ha mandado a la Fuerza Armada que abra sus archivos ante los
reclamos que puedan venir. Hasta el momento, un mes después, no parece que se
haya hecho gran cosa. La ciudadanía ha reclamado hace pocos día la reapertura
del caso de El Mozote en el juzgado segundo de primera instancia de San
Francisco Gotera la
Fiscalía. Es un buen paso. Pero es necesario crear las
condiciones para que el proceso de verdad, justicia y reparación camine y se
llegue de ese modo a la ansiada reconciliación en El Salvador. Escuchar a las
víctimas es el primer paso, pues no se puede sin ellas crear un verdadero
proceso de reconciliación. Pero el Estado tiene también que poner su parte e
impulsar los mecanismos adecuados para que las cosas caminen hacia lo que se
desea: Paz con justicia y fraternidad con reconocimiento de la verdad, que construyan
puentes que conduzcan hacia una sociedad reconciliada.
Verdad, justicia, reparación y perdón
Publicado Diario CoLatino, 23 agosto, 2016 en la sección Opiniones.
José
M. Tojeira
En aquellos tiempos duros de la guerra civil, el mismo día del
asesinato de los jesuitas y sus dos amigas y empleadas, los jesuita dijimos que
queríamos justicia, no venganza. Pocos meses después, con el juicio iniciado
contra los autores materiales del crimen, el P. Francisco Estrada, recién
nombrado Rector de la UCA ,
decía que deseábamos Verdad, Justicia y Perdón. Ese lema, mantenido durante el
aproximadamente año y medio que duró el juicio (hasta el veredicto del jurado),
lo adoptamos muchos para todos los crímenes de El Salvador. En base a este lema
pedimos el indulto para el coronel Benavides y para el teniente Mendoza porque
creíamos que en su caso se había hecho verdad y justicia, y llegaba la hora del
perdón. Incluso con los soldados absueltos, que habían pasado año y medio
detenidos, nos parecía que se había hecho verdad en la posición del juez Zamora
en la vista pública, y aunque el jurado de un modo inexplicable había optado
por declararlos inocentes, dijimos que contra ellos no seguiríamos ningún
proceso porque al menos se había hecho verdad.
Posteriormente
añadimos un matiz importante: Manteniendo el afán de Verdad le agregábamos
entre las palabras Justicia y Perdón la palabra Reparación. Si bien a los
jesuitas, y en grado mayor a Mons. Romero, el mismo pueblo salvadoreño,
grandemente representado, había aportado elementos impresionantes de reparación
con su afecto y solidaridad, quedaban demasiadas víctimas olvidadas e incluso
negadas, a las que había que dar debida reparación de parte del Estado, sin
olvidar la justicia y los demás elementos mencionados. La Tutela Legal del
Arzobispado, Con María Julia Hernández y con Mons. Rivera, jugaron en este
campo un papel fundamental recordándonos las masacres y actualizándolas en la
memoria y en la sed de verdad, justicia y reparación, para poder optar desde
ahí a una verdadera reconciliación, que siempre se manifiesta a través del
perdón.
Este
ideal, que debe mover inteligencia y corazones después de toda guerra civil y
de la nuestra en particular, quedó así formulado someramente con las cuatro
palabras clave: Verdad, Justicia, Reparación y Perdón. Impedido por la ley de
amnistía de 1993, este ideal quedó solamente en el discurso de quienes nos
oponíamos a dicha ley y quienes confiábamos en un proceso que recogiera los
cuatro elementos. A mediados de la década iniciada en 1990, después del triunfo
electoral de Nelson Mandela en Sudáfrica (1994), se abrió para muchos de nosotros
el modelo de la justicia transicional. La UCA comenzó unos años después un proceso de
justicia restaurativa en el que jueces internacionales escuchaban a las
víctimas de diversos y graves abusos y violaciones de Derechos Humanos. A
quienes acudimos a estos juicios nos impresionó siempre la capacidad de perdón
de muchas víctimas, que ponían como única condición para la reconciliación el
establecer una especie de diálogo con los victimarios y el subsiguiente
reconocimiento y petición de perdón de parte de los que podríamos llamar
verdugos. Hoy la declaración de inconstitucionalidad de la ley de amnistía hace
aproximadamente un mes nos abre el camino hacia una ley de reconciliación que
contemple los cuatro elementos mencionados.
Lamentablemente
hemos perdido algo de tiempo en las discusiones sobre la extradición de los
exmiembros del ejército capturados en virtud de la difusión roja de Interpol.
Lo cierto es que continúan vivos muchos de los que participaron en graves
violaciones de derechos humanos, tipificadas muchas de ellas como delitos de
lesa humanidad en el pensamiento jurídico internacional. Y quedan demasiadas
víctimas del conflicto que esperan todavía verdad, justicia y reparación. Si
algo urge hoy es avanzar hacia una reconciliación que quedó profundamente
interrumpida por la ley de amnistía. Para ello urge trabajar una ley de
reconciliación referida exclusivamente a los delitos cometidos durante la
guerra civil que facilite el acceso a la verdad, que determine la creación de
una forma temporal y especial de justicia, que disponga formas de reparación de
las víctimas y que facilite formas de indulto a los acusados que, comprobados
sus delitos, colaboren con la verdad, contribuyan de alguna manera a la
reparación y soliciten el perdón a las víctimas.
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